Rodeamos el embalse por una pista de tierra que sigue el contorno del agua, alternando pequeños repechos con tramos más planos y abiertos. El reflejo del cielo sobre la superficie y la tranquilidad del entorno lo convierten en uno de los momentos más memorables de la jornada. Al salir de la pista, solo quedan 6 kilómetros de asfalto hasta Solsona, en un tramo final rápido y cómodo. La entrada a la ciudad se hace por calles tranquilas, con la catedral asomando entre los tejados, marcando el final de una etapa que combina naturaleza, calma y patrimonio.