Dejamos atrás Navàs, en el corazón del Bages, afrontando una larga subida de 18 kilómetros por una pista de gravel. El desnivel es constante pero suave, permitiendo un pedaleo cómodo mientras el horizonte se abre y las vistas del valle se amplían a medida que ganamos altura. El paisaje alterna campos de cultivo, bosques y antiguas masías dispersas. El silencio de la pista, roto solo por el sonido de los neumáticos sobre la grava, marca un inicio de etapa muy ligado a la esencia del gravel: avanzar sin prisa, pero con la sensación constante de alejarse del ruido.

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